lunes, 4 de mayo de 2009

Capítulo 1. Conociendo a Vera

Nacida en un día negro. Si, totamente negro. Un 25 de marzo.
Hacia frío. Mucho frío. Eran apenas las 4 de la tarde y aparentaba ser las 12 de la noche. Llovía. Llovía tan fuertemente que las gotas estampadas contra el cristal simulaban ser cuchillas lanzadas desde kilómetros de distancia. El ruido relajaba. Era solo agua. Cortinas y cortinas de agua helada caían mientras Vera vino al mundo. Desde ese día, nada fué lo mismo. Nada mas dar a luz, su madre murió. Su padre, cuando cumplió ella los dos años, se fue a L.A a vivir. Vera se quedó sola. Le acogieron sus tíos en una casa enorme. Una casa que ella siempre odió.


Su habitación estaba en el último piso. Donde mas frío hace. Donde más cerca de las estrellas estás de noche.
Vera era una chica peculiar. Nació con una mancha en el brazo izquierdo, un símbolo, un símbolo que hasta mucho después no logró descifrar. Su piel era blanca. Muy blanca. Con el sol, incluso parecía traslúcida. No demasiado alta. De complexión muy delgada. Rubia. Rubia platino pero con ojos marrones, y transparentes. Extraño, si. Pero al nacer sufrió un desprendimiento de melanina en el iris, y tan sólo se le quedó la forma del mismo con un tono marrón transparente muy déblil. Mirarla a los ojos era algo tenebroso a veces. Era guapa. Realmente bella. Tenía unos rasgos perfectos. Pero lo que más me gustaba de ella, lo mas bonito que tenia, eran sus manos.

Unas manos que tocaban el piano increíblemente bien. Unos dedos exageradamente largos y huesudos. De piel suave y blanca. Ver aquellas manos haciendo cualquier tipo de tarea era arte. Eran manos cadavéricamente bellas. Siempre frias. Siempre perfectas. Me enamoró completamente el esplendor de aquellas manos.
Aquellas manos extrañas que siempre estaban heladas cual iceberg en alta mar a temperaturas bajo cero. Pero siempre las veías ocupadas haciendo algo. Realmente eran de exposición.

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